Posts etiquetados ‘Rogaland’

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Día 2 de Julio: Día 2 del Viaje Revelador

¡BIP BIP BIP! El despertador sonó de forma estridente a las seis de la mañana y nos levantamos enérgicamente de la mullida cama. El paracetamol que nos tomamos JL y yo hizo efecto a las mil maravillas y ya no notábamos ningún dolor muscular, quizás un ligero rastro de cansancio fruto del trajín del día anterior pero eso, amigos míos, no nos desalentó a movernos con una sonrisa perenne en nuestros labios.P1010441

Nos dirigimos al comedor del hotel donde había ya servido el desayuno; debo decir que aquí, en esta parte del mundo, se toman en serio la primera comida del día: No hay nada como despertarse y encontrarse una gran variedad de alimentos por la mañana y desayunar a cuerpo de rey para cargar pilas. Y es que lo íbamos a necesitar.

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Vacío. Un vacío inmenso en mi estomago. Mi boca se había secado por momentos y un sudor frío aparece con profusión por toda mi espalda mientras clavo la mirada al suelo, a la roca que pisan mis pies y que por el efecto túnel de mi miedo a las alturas me parece minúscula. Me levanto lenta y temblorósamente en unos segundos aunque me parecen una eternidad y cuando me hallo completamente erguido, giro la cabeza hacia a José Luis, sonriente, pletórico mientras él inmortaliza ese breve pero grandioso momento con la cámara de mi teléfono móvil. Levanto los brazos al aire y me parece haber conquistado el mundo con mi sensación de orgullo y alegría, en mi postura estoica, altiva, sin llegar a ser arrogante pero si gloriosa. Saboreé ese momento mientras apenas podía atreverme a bajar la cabeza y contemplar el espectacular abismo que se abría a mis pies: Nada más y nada menos que el vacío verde y de tonos azulados salpicados por la piedra y la maleza a mil metros de altura. Si, señores, mis pies se postraron sobre el Kjeragbolten, aquella roca de forma ovoide que por caprichos de la naturaleza quedó encajada entre dos paredes de granito y es una de las atracciones turísticas más conocidas de esta parte del mundo. Lo hice, combatí a mis mayor miedo, la altura. Me levanté y le dije:

¡Hoy no, maldita!, ¡Hoy no vas a vencerme!, ¡Este es mi momento!

Escribo estas lineas, recordando este y otros momentos que ocurrieron hace unas semanas pero parecen haber sucedido hace ya un largo tiempo. Este pasa rápidamente y hay el temor de que el olvido terminen por erosionar el recuerdo de ciertos detalles y momentos del fin de semana del treinta al cuatro de julio, fecha que tuvo lugar tal increíble viaje por Stavanger. Una vez más, estoy aquí con vosotros, compartiendo otro de tantos momentos, como siempre, sin ningún tipo de acritud, vanagloria o soberbia, simple y llanamente mi testimonio más sincero. Ahí vamos:

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Como los domingos en la apacible Sola transcurren muy lentamente -casi perennes y aburridos- y a medida que el “Invierno se acerca” (mencionando a Ned Stark en Juego de Tronos),  acortándose cada vez más sus horas de luz, decidí que podría vencer la pereza dominguera y realizar una excursión, aprovechando el esplendido día que una de las regiones más lluviosas de Noruega me ofrecía. Me calcé las botas y tras procurarme de mi paravientos, mi chaqueta impermeable “For if the flies” y prepararme unos bocadillos de jamón ibérico (cortesía de Papa & Mama), salí de casa, bostezando y soñoliento mientras la ligera brisa mañanera y los primeros destellos de luz terminaban por despertarme, poniéndome en marcha.

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 El día amanece encapotado aunque los tímidos rayos de sol penetran a través de la cortina de mi habitación. Me levanto y compruebo el calendario, tercer día en Sola (se pronuncia /SULA/), un municipio de veintiún mil habitantes, ubicado en la provincia de Rogaland y a tiro de piedra del modesto aeropuerto de Stavanger, cuyos aviones aterrizan y despejan continuamente mientras los vislumbro a través de la ventana. Me hallo actualmente en un lugar bastante tranquilo, cercado por casas de construcción típicamente noruega y los jardines, setos y parques abundan por doquier. El apartamento donde estoy ubicado en cuestión, es amplio y tiene cuanto necesito (bueno, eso y una televisión de plasma de 50 pulgadas donde ver películas como Dios manda, también) y está bastante cerca de mi lugar laboral.

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